viernes, 23 de febrero de 2018

Orgy In Rhythm



Aunque grabado completamente el 7 de marzo de 1957, Orgy In Rhythm fue publicado en dos volúmenes independientes a lo largo del año. El título es muy claro y define a la perfección lo que el disco (o los discos) de Art Blakey esconde: un festín desaforado de ritmo en el que solo tres de los once protagonistas no tocan baterías o percusiones varias. Así es. Si exceptuamos la flauta de Herbie Mann, el piano de Ray Bryant y el contrabajo de Wendell Marshall, son los tambores, las baquetas y demás quienes mandan y ordenan la función. Cuatro temas por volumen dan soporte a una orgía de sonidos africanos heredados de atavismos tribales en los que el rito, el baile y el movimiento —el ritmo— están por encima de las consideraciones melódicas. No supone esto menoscabo del caudal sensorial que se desprende de la música, pues la pasión y la calidad interpretativas son muy altas. Obviamente, es difícil calificar Orgy In Rhythm como un álbum de jazz, ya que no se ajusta a unos cánones mínimos para encuadrarlo dentro del swing, el bebop, el cool, el modal o el hard bop que tan bien practicara Blakey con sus Jazz Messengers. Esto es otra cosa, una fórmula que el autor de Moanin' repetirá en elepés tan interesantes como The African Beat, allí con percusionistas africanos. Una ocasión para apartar las etiquetas y disfrutar —registrado en Nueva York— del ancestral latido llevado por los esclavos negros a los Estados Unidos.

miércoles, 21 de febrero de 2018

At Home With Screamin' Jay Hawkins



Muchos son (somos) los que entraron en contacto con Screamin' Jay Hawkins por la espectacular versión de la Creedence Clearwater Revival de su clásico I Put A Spell On You, pero son docenas los que antes o después (de Nina Simone a Marilyn Manson, por jugar a los contrastes) se habían atrevido o se atreverán con la canción. Single publicado en 1956, dos años más tarde se sumaría a los doce cortes que compondrían At Home With Screamin' Jay Hawkins, debut el formato grande del artista de Cleveland y único elepé, no así sencillos, que editaría en la década de los cincuenta.

Orquestado por Leroy Kirkland y O.B. Mansigill, el disco no va a seguir el camino que pudieran marcar su tema más conocido y el extravagante personaje que —vestido con trajes de piel de leopardo, llevando capas de vampiro y blandiendo calaveras— apadrinaría el shock rock. No. Aquí vamos a encontrar mayormente lecturas llenas de brío de estándares americanos del musical, del jazz o del gospel en las que lo chocante es la voz teatral y estentórea de Hawkins en lugar de las de Bing Crosby, Frank Sinatra y demás. Una voz que cohesiona canciones de toda la vida como I Love Paris, If You Are But A Dream, Swing Low, Sweet Chariot, Temptation u Ol' Man River con las tres piezas que coescribe Hawkins: dos que parecen sacadas de algún extraño, exótico vodevil (Hong Kong y la mentada I Put A Spell On You) y un rotundo R&B titulado Yellow Coat. Es, pues, la interpretación de nuestro hombre la que da la personalidad distintiva, definitiva a su propuesta —más allá de ropajes y accesorios llamativos y sin negar la capacidad seductora de los arreglos de viento—, y la culpable de que algunos caigan (caigamos) rendidos ante un álbum como At Home With Screamin' Jay Hawkins y otros salgan espantados cuando la inicial Orange Colored Sky todavía no ha acabado de sonar. Cuestión de actitudes, supongo.

lunes, 19 de febrero de 2018

The Red, White & Black


"El jazz no es la única gran forma artística americana, también lo es el rock and roll". Así de rotunda se muestra Lisa Kekaula, cantante de los BellRays, en el combativo texto que firma para acompañar el soberbio The Red, White & Black (2003), quizá la obra maestra del grupo californiano. High energy y punk que flirtean con el noise rock, en la línea cruda de Grand Fury, explorando las "enormes posibilidades" de la música del diablo —tantas veces vendida por sus mercaderes y ninguneada por sus propios oyentes— sin olvidar el ascendente espiritual del soul. Partiendo de unas composiciones espléndidas de Tony Fate y Bob Vennum y unos interludios escritos por todo el grupo, los BellRays arden al interpretarlos. Kekaula canta (y muerde) mejor que nunca, Eric Allgood aporrea nervioso su batería, Fate pasa del riff básico y feroz a la improvisación de origen free y Vennum toca efectivo las notas del bajo. Todo un espectáculo rocker, el de quienes han decidido quemar sus naves en defensa de un sonido propio y sin concesiones porque saben que "la música es ilimitada con una perspectiva abierta". En un siglo en que el rock and roll se ha vuelto muchas veces un reclamo inocuo, rancio y obsoleto, estancado en el pasado por la falta de valor y talento de aquellos que lo practican, da gusto decir que también hay discos como The Red, White & Black y bandas como los BellRays.

miércoles, 14 de febrero de 2018

Está muy bien eso del cariño


Siguiendo los compases de Échate un cantecito, Kiko Veneno publicaba tres años después Está muy bien eso del cariño (1995), un disco la mar de sabroso y veraniego, aun registrado en Londres, en el que Joe Dworniak repite a los controles y su antiguo compinche Raimundo Amador toca la guitarra. La portada y la contraportada —diseñadas, al igual que la carpeta interior, por Javier Mariscal— transmiten por adelantado el buen rollo que desprenden los surcos del elepé, los que no contradice la melancolía de alguna de las canciones o impide que la tristeza se pueda colar puntualmente en las letras.


Rumba que te rumba, Lo que me importa eres tú da el feliz pistoletazo de salida salpicada por los deliciosos vientos de Phil Smith (saxo), Dennis Rollins (trombón) y John Thirkell (trompeta). El pop, la rumba y el lounge van de la mano en Veneno, hermosa composición que redondea el magnífico solo de Amador. Más rumba, más metales y más marcha nos vamos a encontrar en Dime A, donde llama la atención la percusión de Mateo Kemp. Estaba lloviendo es un buen tema pop al que sigue Respeto, nueva rumba para reivindicar la consideración que todos los seres humanos nos debemos.


La cara B cuenta con otras cinco composiciones, entre ellas una versión de Bob Dylan. Hace calor sigue la línea rítmica e instrumental de Lo que me importa eres tú y Dime A. Viento de poniente lleva esa melancolía que decíamos arriba en su cruce de flamenco y pop orquestado, al igual que la preciosa balada La casa cuartel. Entremedias, la estupenda adaptación del Stuck Inside Of Mobile With The Memphis Blues Again que el genio de Minnesota colocara en el inmortal Blonde On Blonde y que Kiko Veneno convierte a su credo estético. El lince Ramón pone fin rumbero y salsero, cómo no, con una canción dedicada a Rubén Blades e inspirada en su archifamosa Pedro Navaja (que a su vez surgiera de Mack The Knife). El último de los diez cortes que nos recuerdan de manera muy agradable que Está muy bien eso del cariño… aunque en la vida también haya penas.

lunes, 12 de febrero de 2018

Archie Shepp – Bill Dixon Quartet


Tal y como explica Albert Michael, "durante aproximadamente dieciocho meses (de finales de 1961 a junio de 1963), Archie Shepp y Bill Dixon colideraron un grupo que variaba de tamaño entre cuarteto, quinteto y sexteto dependiendo del bolo". De dicha unión surgió asimismo, en 1962, el primer elepé del saxofonista y del trompetista, notable debut que ya informa de la querencia vanguardista de ambos intérpretes. Cuatro temas de filiación free componen el álbum, dos de ellos escritos por Dixon (Trio y Quartet), una versión del Peace de Ornette Coleman que habla por sí sola de la orientación de nuestros hombres, y una adaptación del Somewhere que Leonard Bernstein compusiera para West Side Story. Acompañados por Don Moore al contrabajo y Paul Cohen a la batería (excepto en Peace, donde son Reggie Workman y Howard McRae quienes dan vida a la base rítmica), Shepp y Dixon exprimen saxo tenor y trompeta en los dos cortes del segundo y en el de Coleman, y rebajan relativamente la potencia, que no las intenciones y la libertad creativa, en la lectura de Bernstein. Además de sus sugestivas y protagonistas improvisaciones, no fallan las aportaciones de cuerdas y baquetas, destacando el solo de contrabajo de Workman en el único tema, como hemos dicho, en el que interviene. Un muy interesante primer paso, en definitiva, de quien se convertirá en una de las mayores figuras del jazz norteamericano, autor de discos de la talla y originalidad de For Four Trane, Mama Too Tight, For Losers o Kwanza. Al contrario que de la de Archie Shepp, de la obra de Bill Dixon (bastante menos prolífica) tengo un escaso conocimiento, aunque sé de su talento gracias como mínimo a este Archie Shepp – Bill Dixon Quartet que hemos comentado. Su sabido prestigio espero me lo confirme una futura escucha de sus grabaciones.

miércoles, 7 de febrero de 2018

Badmotorfinger


En un breve lapso de tiempo de la segunda mitad de año 1991 van a ver la luz los tres elepés —gusten o no— más representativos del grunge. Mientras Pearl Jam y Nirvana publicaban Ten y Nevermind (el segundo, tótem absoluto del movimiento), Soundgraden daba a conocer el sobresaliente Badmotrofinger, que pulía las aristas de sus dos primeros trabajos sin entrar en terrenos de menor agresividad o mayor comercialidad hollados en el siguiente, Superunknown. Durante cerca de una hora y doce canciones, el cuarteto de Seattle (con la novedad de Ben Shepherd al bajo) construye un pandemonio de rock pesado que abre disparado Rusty Cage para ralentizarse al final del tema y en los que le suceden. Los riffs de Kim Thayil, aprehendidos de los de Tomy Iommi, vertebran implacables y soberbios medios tiempos como Outshined, Slaves & Bulldozers, Searching With My Good Eye Closed o la salvaje y final New Damage; el polémico single Jesus Christ Pose supura tensión constante gracias a la extraordinaria percusión de Matt Cameron, la guitarra asesina de Thayil, las cuatro cuerdas inflexibles de Shepherd y los gritos de Chris Cornell; la velocidad del Rusty Cage vuelve a ser retomada en cortes breves de espíritu punk como Face Pollution y Drawing Flies, este último magníficamente adornado por el saxo de Ernest Long y la trompeta de Damon Stewart, quienes asimismo aportan sus instrumentos en la inquietante y esotérica Room A Thousand Year Wide, versión metálica de los Stooges de Fun House; etc. Momentos todos ellos extraídos de un conjunto demoledor puesto en pie por un grupo en un estado de forma inmejorable grabando Badmotorfinger: un clásico de los noventa capaz de enfrentarse a los mejores discos de la década y en mi opinión —cerremos el círculo creando controversia— muy superior al debut de Pearl Jam y tan sólido e intenso como el segundo de Nirvana.


lunes, 5 de febrero de 2018

Money Jungle



Entre los dos elepés que en agosto y septiembre de 1962 Duke Ellington graba para Impulse! en compañía de, respectivamente, Coleman Hawkins y John Coltrane, el músico de Washington registra otro no menos espléndido para United Artists el 17 del segundo mes: Money Jungle. Y lo es por la belleza de las nuevas composiciones del maestro, la de las antiguas que suenan magníficas remozadas y por la prestancia de los dos genios que completan el trío: Charles Mingus y Max Roach. El contrabajo de aquél y la batería de éste se funden con el piano de Ellington y dan con una expresividad superlativa en la que no hay asomo de nostalgia sino presente y ganas de vivir.

Bien sea el tema que abre vehemente y pone título al disco, la delicadeza cuasiatonal de Fleurette Africaine o la soberbia versión del Caravan que Juan Tizol escribiera en los años treinta para el grupo de Ellington —por entresacar tres ejemplos de los siete cortes que conforman el plástico—, swing, bebop y hard bop son allanados por nuestros intérpretes para ejecutar la música sin prejuicios y tal y como les viene en gana. No hay más clasicismo en uno que vanguardia en otros; al igual que las estilísticas, las barreras entre profesor y alumnos van cayendo conforme avanza el álbum, como obstáculos de una carrera destinados a ser derribados —no saltados— por los atletas, si bien sus piernas son aquí teclas, cuerdas, caja, timbal, bombo y platos condensados en una unidad poética.

Reeditado en numerosas ocasiones, Money Jungle vería la luz por primera vez con material extra en 1986 y de la mano de Blue Note. Los cuatro temas nuevos que añadirá el exquisito sello norteamericano salen de la misma sesión que asocia a Elington, Mingus y Roach, y quizá estén un punto por debajo de los que acabaron en el elepé original, pero no creo que nadie se hubiera quejado si hubiesen aparecido en él ni, desde luego, hubiese dejado de ser el formidable trabajo que es. Una joya única que aumentará el brillo de la discoteca de quien —despistado, incrédulo o ajeno al jazz por miedos inveterados e irracionales— todavía no la posea.