lunes, 14 de agosto de 2017

Ram


Vapuleado por buena parte de la crítica en el momento de su publicación, el segundo disco en solitario de Paul McCartney es a día de hoy y en mi opinión el  mejor álbum parido por un ex beatle junto con los debuts de John Lennon y George Harrison. Solo la ceguera, el sectarismo o los prejuicios pueden denostar una obra tan lúcida y hermosa como Ram, editada en 1971 a nombre de Paul y su mujer Linda. Los ecos de los cuatro de Liverpool resuenan en las canciones pergeñadas por McCartney y sus compañeros, demostrando recíproca e indisoluble la influencia de los Beatles en él y de él en los Beatles.


El pop sobresaliente del elepé —a equipar con el que facturan los Beach Boys ese mismo año para Surf's Up— mira a Let It Be y Abbey Road mucho más que John Lennon/Plastic Ono Band y All Things Must Pass, no porque el peso específico de Lennon y Harrison fuera menor dentro de los autores de Revolver, sino porque en McCartney parece quedar una nostalgia —nostalgia que no se ha de confundir con el espíritu del cuarteto— de la que los otros rehúyen. Sea una cosa o la contraria —cortar por lo sano u honrar el pasado reciente—, las composiciones que conforman Ram y su cristalización definitiva son concluyentes: aquí el talento desborda.

El plástico vive de una variedad que recuerda a la del Wbite Album, alimentada por la habilidad de McCartney para pasar del folk a las baladas y de ahí al rock and roll y de utilizar diferentes arreglos instrumentales para significar las diferencias entre los temas. Guitarras acústicas y eléctricas, voces, bajo, batería, piano, ukelele, fiscorno y orquesta son los encargados de sonorizar y matizar las ideas de por sí geniales de Paul y Linda. Confesándome admirador sin ambages de todas las canciones, debo admitir que los cinco largos minutos de Monkberry Moon Delight y los cuatro de la inicial Too Many People suman los casi diez que más me excitan del disco; y, dentro de ellos, la pasión con la que son cantadas las tres palabras del título en Monkberry Moon Delight y los solos de guitarra eléctrica de Hugh McCracken como contraste a la acústica de David Spinozza que manda en Too Many People suponen para mí los instantes privilegiados de un trabajo que es un privilegio en sí mismo. Si bien su anterior y primer elepé y un par de ellos después con los Wings son también excelentes, ninguno refleja la enormidad de Paul McCartney como Ram. Brillando como los Stones o Led Zeppelin aquel 1971.

miércoles, 9 de agosto de 2017

Led Zeppelin II


Padre de los riffs de Smoke On The Water y Highway To Hell e hijo de los de You Really Got Me y Foxy Lady —entre otros tantos posibles—, el de Whole Lotta Love abre inconfundible y explosivo el segundo y extraordinario elepé de Led Zeppelin, publicado meses después de que el grupo hubiera asombrado al mundo con un debut no menos antológico. Pero no solo es el riff, claro. Es el bajo de John Paul Jones, la percusión sincopada de John Bonham, la voz sexualmente imperativa de Robert Plant, el largo trompo psicodélico en medio de la canción, el solo de la guitarra de Jimmy Page cuando aquél acaba, el grupo roqueando conjuntamente, el blues que sobrevuela toda la interpretación y la polémica apropiación del You Need Love para atestiguarlo… Es todo eso y más lo que hace de Whole Lotta Love una experiencia única y un inicio incendiario para un disco que no va a decaer.


What Is And What Should Never Be va y viene del susurro psicodélico de raíces blues y cadencia bossa nova al hard rock. The Lemon Song es uno de los momentos privilegiados del álbum, seis minutos de magia en el estudio —parcialmente improvisada— que alimenta su belleza de la conjunción, y no antítesis, de la rítmica funk de Jones y Bonham y la melódica sexualidad de Plant y Page, partiendo ambas del Killing Floor de Howlin' Wolf. Thank You cierra la primera cara con una balada a emparentar con el Your Time Is Gonna Come del primer plástico del dirigible, siendo el elegante órgano de John Paul Jones nexo obvio y prominente entre ambas canciones.


Heartbreaker se encarga de que la segunda cara se inicie con un puñetazo de rock duro y plasticidad infinita que los hermanos Young tuvieron que escuchar muchas veces antes de fundar AC/DC. Living Loving Maid es un tema corto, preciso y rápido que no abandona la potencia, cosa que sí hace Ramble On en su comienzo acústico. Y digo comienzo porque no van a tardar en aparecer las guitarras distorsionadas de Jimmy Page. Eléctricas o no, son éstas las protagonistas espléndidas de un corte asimismo marcado por la doble percusión de Bonzo, la de su batería y la de lo que sea que toque cuando las texturas folk mandan. Es Bonham también quien, casi de principio a fin, domina Moby Dick, convirtiendo la mítica novela (y ballena) de Herman Melville en un solo de batería —manos y baquetas en acción— del que han bebido miles de músicos, especialmente en directo. Y así llegamos a Bring It On Home, blues acústico que torna hard rock y ejemplo sencillo de cómo Led Zeppelin fue parte creadora del heavy metal, haciendo duro y progresivo el género del que todo nace. Expansivo y poderoso punto y final, pues, del segundo disco que la banda británica editaba en 1969, una colección de canciones claramente diferenciadas entre sí pero unidas por su apabullante calidad, más allá de que la primera sea la de mayor referencia universal. Una calidad que hasta su sexto y doble álbum —Physical Graffiti— se mantendrá incólume para hacer de sus autores uno de los pocos grupos absolutamente imprescindibles de la historia del rock and roll.

lunes, 7 de agosto de 2017

The Ivory Hunters. Double Barrelled Piano


Entre las dos sesiones de grabación que darán lugar a Kind Of Blue, Bill Evans registrará el 12 de marzo de 1959 un elepé muy poco conocido pero la mar de curioso en el que Bob Brookmeyer replicará al piano del autor de Waltz For Debby con otro piano, apartando el trombón que había portado al estudio para hacerlo. Así es. La inopinada idea del productor Jack Lewis —ocurrencia en toda regla— será la responsable de un cuarteto formado por dos pianos, un contrabajo (Percy Heath) y una batería (Connie Kay), algo realmente inusual en la historia del jazz. (Entendiendo además, y que me perdonen Jimmy Knepper, Curtis Fuller o el propio Brookmeyer, que el trombón tampoco es el instrumento más habitual en el género.)

Aunque no hallamos aquí al Evans de Portrait Of Jazz o Explorations o al que colabora con Miles Davis, Cannonball Adderley, Oliver Nelson o Jim Hall, pues el calado emocional es menor, la interacción entre ambos pianistas funciona muy bien y los seis temas que tocan se escuchan con placer. Clásicos todos ellos de los años veinte, treinta y cuarenta del siglo XX, es en la versión del As Time Goes By donde la melancolía tan característica de Bill Evans —asumiendo la de Humphrey Bogart en Casablanca— lleva al disco a su momento más hermoso, cruce de notas románticas que dibujan la contradicción del amor, al alimentarse éste por igual —y exacerbadamente— de la angustia y la esperanza. Lo que queda claro atendiendo a cualquiera de los cortes es que la música "completamente improvisada" que nos llega desde los surcos del plástico, como indicaba Ira Gitler en las notas originales, está interpretada por cuatro artistas técnicamente irreprochables, capaces de crear un flujo sonoro de varios minutos —seis, siete, ocho— a partir de un gesto, una mirada o una palabra.

La fea portada del álbum  —llámese kitsch, llámese hortera, llámese como se quiera— puede alejar, a pesar de los nombres impresos en la misma, al hipotético comprador de The Ivory Hunters. Double Barrelled Piano, pero las bondades que alberga, una vez obviado ese elefante que engancha con sus colmillos a Evans y Brookmeyer y separa con su trompa título y subtítulo, hacen olvidar rápidamente la superficie para centrarnos en sus notables hallazgos. Los de un cuarteto muy poco convencional cuya estructura apenas ha sido repetida si bien sus posibilidades —a la vista queda— son enormes.

viernes, 4 de agosto de 2017

The Grand Wazoo


En 1972, después de la famosa agresión que sufre en un concierto, Frank Zappa graba dos álbumes de jazz mientras se recupera de sus dolencias. Registrado a la par que Waka/Jawaka, pero publicado unos meses más tarde, The Grand Wazoo sigue la línea instrumental que en 1969 Zappa marca para su carrera con el glorioso Hot Rats. Rodeado por un buen número de intérpretes excelentes que ha asimilado la locura de su jefe —The Mothers, entre los que destacan el mítico baterista Aynsley Dunbar, los teclistas George Duke y Don Preston y el propio guitarrista que los lidera—, el autor de Sheik Yerbouti pone en pie una big band en la que —digamos, entendámonos— Count Basie se embadurna de los sonidos del Art Ensemble Of Chicago, el Miles Davis eléctrico y el primer Weather Report. Que Zappa se halle en un terreno en el que se aviste, por un lado, el clasicismo, y, por otro, la vanguardia eléctrica y free y el rock progresivo no resta personalidad o modernidad a su propuesta, y no hay más que pulsar el play o pinchar el plástico para corroborarlo. Vientos, percusiones y los instrumentos arriba nombrados conspiran para que las melodías amigas de la disonancia y la fanfarria traídas por Frank Zappa sean convenientemente puestas en escena y prolongadas por improvisaciones que casen con el concepto buscado. El resultado final es excelente y muy, muy sugestivo, pues a cada nueva escucha (y más si éstas son espaciadas) parece tornar The Grand Wazoo un elepé nuevo. Y nos sirve para reafirmar la idea —agarrándonos a cada uno de los cinco temas que lo conforman— de que seguir etiquetando a su creador como un músico rock está totalmente fuera de la realidad. Músico a secas, y de los mejores del siglo XX.

martes, 1 de agosto de 2017

Medicine Show


No hay en el conjunto de Medicine Show (1984) una perfección como la del anterior, primer y magistral álbum de Dream Syndicate, The Days Of Wine And Roses. Sin embargo, conforme avanza, el disco va recuperando todas las virtudes del grupo hasta dar con una segunda cara sobresaliente que ya anticipa el último corte de la primera: Bullet With My Name On It. Es entonces cuando los temas se alargan para no bajar en ningún momento de los seis minutos y dejar que las guitarras martilleen una electricidad digna de Neil Young y Lou Reed y punzante como el sonido del autor de Ascension, homenajeado durante cerca de nueve minutos en la que quizá sea la mejor canción del cuarteto: John Coltrane Stereo Blues.

Y no es que el material con el que se ha abierto Medicine Show sea de segunda división, no me malentiendan. Daddy's Girl o Burn son temas muy notables, de los que servidor disfruta como un niño, pero la exuberancia y las maneras de The Medicine Show, el mencionado recuerdo al inigualable John Coltrane y Merrittville —balada eterna que invade el territorio de Crazy Horse para marcarlo con la huella de Steve Wynn y Karl Precoda— se elevan por encima del resto del elepé, plasmando y corroborando la clase de un cuarteto que pocos rivales tiene a la sazón en el mundo del rock and roll.

La ausencia de Kendra Smith —sustituida por Dave Provost—, el paso a A&M y la producción de Sandy Pearlman traen un sonido diferente al plástico (más de la época, por así decirlo), pero no dañan significativamente el discurso de Dream Syndicate, en especial en los cuatro temas ya mencionados, allí donde la banda copula larga y extáticamente con la distorsión y convierte en poesía las notas que toca. La poesía de un grupo que supo alargar la vida de la música ideada por Chuck Berry sirviéndose de nociones y planteamientos personales cuando ya parecía que todo estaba dicho. Mayor mérito que cuando —unos lustros atrás— el terreno todavía era virgen para inventar. Aunque si suena "algo de John Coltrane en el estéreo, nena", las cosas siempre serán más fáciles.

jueves, 27 de julio de 2017

Countdown To Extinction


El hard rock y el heavy metal que tanto éxito habían tenido en los años ochenta del siglo anterior sufrieron una fuerte erosión durante la década siguiente debido al modelo alternativo que desde Seattle impondrían Nirvana y Pearl Jam. Muchas bandas sucumbieron y otras degeneraron, pero algunas —como Slayer, Pantera o la que nos ocupa: Megadeth— resistieron y no se dejaron llevar por cantos de sirenas ni derrotar por las camisas de cuadros y el llamado rock independiente.

Countdown To Extinction (1992) es el primer disco del grupo de Dave Mustaine publicado tras el éxito de Nevermind y la convulsión subsecuente. Y Megadeth sigue a lo suyo: grabar once canciones de exquisito metal que en nada envidien a las que conforman plásticos previos como Peace Sells… But Who's Buying? o Rust in Peace. La veloz Skin O' My Teeth y ese himno definitivo titulado Symphony Of Destruction son portadoras de todas las virtudes que se extienden al resto del elepé: un cuarteto compositiva e instrumentalmente soberbio, una producción nítida de Mustaine y Max Norman y un sonido agresivo que no sacrifica las características melódicas de los temas. Las guitarras de Mustaine y Marty Friedman, la batería de Nick Menza y el bajo de David Ellefson ejecutan riffs, solos y ritmos excelentes que en ningún momento decaen o son menores.

La famosa portada con el hombre levitando envuelve un vinilo jugoso por ambas caras que hace veinticinco años comenzaba una "cuenta atrás para la extinción" que todavía no ha finalizado. Hasta que llegue, que lo hará (no lo duden), dejémonos subyugar por las profecías narradas con voz satánica por Dave Mustaine mientras las clasificamos y escribimos sobre ellas con inocente afán de eternidad en un blog llamado Ragged Glory. Ni el grunge ni el trash metal la lograrán, ¿qué podemos esperar nosotros en este limitado espacio virtual?

viernes, 14 de julio de 2017

Faster & Louder!


Seis años después de publicar Hank, la obra maestra del grupo, Suzy & Los Quattro vuelve a la carga con su cuarto elepé. Grabado en 2015, mezclado en 2016 y, por fin, publicado en 2017, Faster & Louder! es un explícito homenaje a los Dictators en su título por el que ha merecido la pena esperar: un álbum breve pero resplandeciente que se aleja ex profeso de la variedad conceptual de su anterior trabajo y apuesta por la inmediatez y la linealidad sin olvidarse de la calidad. No hay aquí temas a capela, soul o flirteos con el noise rock, sino power pop, punk y algo de música disco servidos en canciones estupendas (nueve propias y un versión del Everybody de Steve Soto & The Twisted Hearts que se adapta como anillo al dedo al credo del cuarteto catalán) que invitan al optimismo y —una apreciación muy personal— a la esperanza. Si Hank se cerraba despidiendo al amigo asesinado de quien se hablaba y a quien se recordaba, el primer tema de Faster & Louder, el colosal Radio! Stereo!, impone la realidad de que su presencia y su memoria son todavía insoslayables, a lo cual quizá haya que acostumbrarse para siempre. A partir de ahí se van sumando composiciones intachables que suenan como un cañón (es lo que tiene que Santi García produzca y mezcle) y que, a pesar de lo parezca, no son de Van Halen (Dance The Night Away), Teenage Fanclub (Start Again) o Bad Religion (Walk Away), al igual que el elepé al completo no es de la banda de Andy Shernoff. Lo mismo de siempre dirán algunos, no sin bastante razón, pero cuando se hace con tanta ilusión y se le insufla tanta vida sería injusto no rendir pleitesía a estos maestros barceloneses del rock and roll y la fiesta. Tomando la palabra a Alfred Crespo, "uno de esos extraños artefactos atemporales que no perderán jamás su frescura": eso es lo que es, en definitiva, Faster & Louder! Así que, como reza otro de sus cortes, Here We Go Again.

jueves, 13 de julio de 2017

Stuff 'N' Junk


Si algunos recopilatorios son falaces y oportunistas —empeñados en sacar tajada y sacrificar una visión seria, auténtica y coherente del artista de turno—, el que nos ocupa es precisamente lo contrario. Publicado en 2005 por Rock Indiana, Stuff 'N' Junk es un doble y exuberante CD que da una visión amplia de los Pyramidiacs sin tener que pasar por todos sus trabajos en estudio (largos, cortos, tributos…), además de contener alguna que otra rareza y dos temas nuevos registrados para la ocasión. Referencia indiscutible del power pop de los noventa, el grupo australiano compuso alguna de las mejores canciones del estilo y la época, como evidencian los ¡cuarenta y tres! cortes del trabajo, treinta y nueva si restamos las versiones de Nerves, Replacements, Chris Bell y Someloves, nombres que a nadie ducho en la materia extrañará ver entre los favoritos de los autores de Teeter Totter. Más de dos horas y media de música que bebe de los grupos citados (incluyendo a Big Star vía Bell) y se emparenta con la de Gigolo Aunts o Teeneage Fanclub, aunque el lector mínimamente avezado pueda añadir cientos de antecedentes y consecuentes, Byrds y Fountains Of Wayne, por ejemplo, entre ellos. Power pop, decíamos, canónico que se sitúa muy por encima de la media debido a la habilidad compositiva de Eddie Owen y Mick O'Regan, de cuya mente salen hermosas melodías que, bien alegres bien melancólicas, se quedan clavadas sin remedio en el espíritu. Imposible entrar en detalle cuando la materia es tan extensa, así que dejo en manos de quien lea esto y no conozca a los Pyramidiacs la decisión de acercarse o no a ellos. Eso sí, con Stuff 'N' Junk tendrá una ración más que suficiente.

lunes, 10 de julio de 2017

Rock N Roll Animal


Reelaborar, reconstruir, reformar: eso es lo que siempre ha hecho Lou Reed en directo con sus trabajos de estudio. Si en éstos encontramos una variedad asombrosa ligada al riesgo y a la inquietud artística, las constantes mutaciones que sufren en vivo —materia orgánica que se transforma e incluso distorsiona en busca de visiones diferentes de la idea original— nos hablan de una de las voces más creativas, inconformistas y definitivas de las música que da nombre al disco del que nos disponemos a hablar.


Rock N Roll Animal (1974) lleva cuatro canciones de la Velvet Underground (más una de Reed en solitario) a terrenos más ortodoxos u oficiales (los casos de Heroin y White Light/White Heat son palmarios) de lo que se conoce como sonido rock, si bien las nuevas lecturas sobre el escenario de los originales y su duración confirman lo dicho en el primer párrafo sin entrar en contradicción. La introducción que añaden Steve Hunter y Dick Wagner al Sweet Jane que abre el elepé sirve de ejemplo y revela el protagonismo que ambos guitarristas van a tener. Heroin es alargada hasta los casi trece minutos y convertida al rock progresivo. El tema alterna momentos lentos con otros acelerados de claro carácter funk, aprovechando Ray Colcord uno de los primeros para colar con su teclado unas notas de Bach que inevitablemente hacen pensar en Jon Lord, Deep Purple y Made In Japan, aunque allí fuese Holst el compositor homenajeado. El desaforado rock disonante y protopunk de White Light/White Heat en su versión para el disco del mismo nombre pasa a ser hard rock de primera categoría y guitarras incendiarias en las tablas neoyorquinas, mientras que Lady Day es el corte que menos se aleja de lo registrado —excepción hecha de la instrumentación— en Berlin, el que fuera tercer y estremecedor plástico de Lou Reed. Queda solo el Rock 'N' Roll para rematar un concierto que en realidad es solo medio, y del que no conoceremos su práctica totalidad hasta que en 1975 Lou Reed Live complete el espectáculo llevado a cabo un 21 de diciembre de 1973 en Nueva York. No tan destacada ni específica como la de Sweet Jane, el segundo de los temas traídos de Loaded consta asimismo de una introducción, aun insertada en la canción, que prologa los diez fantásticos minutos de reivindicación de la música del diablo en los que las guitarras solista y rítmica de Wagner y Hunter —quien ya había versionado Rock 'N' Roll con el grupo de Mitch Ryder, lo cual no pasó desapercibido para Reed— brillan absolutamente. El final, pues, de un elepé ya clásico en directo, faceta tan importante como la elaborada en el estudio para comprender integralmente la obra de uno de los cuatro o cinco nombres propios más grandes que han dado los acordes y ritmos patentados por Chuck Berry y Bo Diddley.

jueves, 6 de julio de 2017

Infierno


El asco que me das…
El desprecio que siento por ti…
El odio más extremo…

Ésa es mi vida.

Y acabará siendo mi muerte.

lunes, 3 de julio de 2017

Ramones


"Hey ho, let's go! Hey ho, let's go! Hey ho, let's go! Hey ho, let's go!" Ésa es la señal para recuperar la pureza, la sencillez y la elegancia del rock and roll fundacional; los cuatro míticos monosílabos que abren Blitzkrieg Bop y el debut homónimo de los Ramones —clásico universal del punk rock parido en 1976— en defensa de aquella música que en la segunda mitad de los cincuenta y la primera de los sesenta había logrado una revolución sonora, cultural y social acorde a las generaciones de adolescentes criados después de la Segunda Guerra Mundial. Little Richard, Jerry Lee Lewis, los Beach Boys, los Beatles, etc. y sus canciones festivas e instantáneas habían sido sustituidos por un rock duro y progresivo que dejaba fuera del negocio a quien no tuviera una técnica muy depurada con su instrumento u osara afirmar valores como el entretenimiento, la diversión y la inmediatez. Es en este contexto donde se desarrolla el grupo neoyorquino y el movimiento punk a mediados de la década de 1970: hay avidez de noches locas, temas cortos y pocos acordes. Aunque también de ruido y distorsión, ojo, pues son la Velvet Underground, los Stooges, MC5, los New York Dolls o Alice Cooper los otros referentes que se manejan. A todas estas influencias hay que sumar, en el caso de los Ramones, los famosos grupos de chicas que los sesenta triunfaban en Estados Unidos, Shangri-Las, Supremes o Ronettes entre ellos.

A pesar de todo lo que hemos dicho y de la delimitación que hemos hecho de los referentes artísticos de los autores de Too Tough To Die, el sonido que crean y plasman en Ramones es personalísimo. Los catorce cortes que en menos de media hora completan el elepé hablan de un estilo único e inconfundible, sello de la banda hasta su desaparición y matriz que dará lugar a una discografía sobresaliente desarrollada a base de mínimas variaciones. La simplicidad de los riffs de Johnny, las líneas de bajo de Dee Dee y la percusión de Tommy y el romanticismo macarra de la voz de Joey esculpen composiciones deliciosamente perfectas que en vano han tratado de copiar miles de grupos en todo el planeta hasta el día de hoy. Si bien no hay duda de que clásicos como la mencionada Blitzkrieg Bop, Beat On The Brat, I Don't Wanna Go Down To The Basement, Loudmouth, Havana Affair, Listen To My Heart o la versión del Let's Dance de Chris Montez (asombrosamente convertida en canon ramone) escriben lo que se conocerá desde ese momento y en adelante como música punk, también hay sitio para que el lado pop del cuarteto —ése que llevaba muy dentro su cantante— asome en I Wanna Be Your Boyfriend (que huele a los Byrds por los cuatro costados). Apunte interesante para tener el cuadro completo de una obra maestra incontestable y uno de los últimos debuts realmente transcendentales de la historia del rock and roll. Hey, ho, let's go!!!

jueves, 29 de junio de 2017

Crimes Against Music


"David Bowie lo hizo, The Band lo hizo, Dwight Yoakam, los Ventures, Willie Nelson y Lennon y McCartney (por separado) lo hicieron. Todos ellos grabaron álbumes completos de canciones que no habían escrito. Ahora los Rubinoos dan un paso adelante y llevan el concepto de álbum de versiones directamente al terreno del pop puro", comienza el texto de Bob Merlis para el Crimes Against Music que el grupo de Jon Rubin publicaba en 2002. A principios de siglo los Rubinoos eran una banda prácticamente olvidada, pero para los amantes del power pop seguían siendo los autores de uno de los debuts más aclamados del subgénero. Disueltos en los años ochenta, reunidos en los noventa, la formación que graba estos simpáticos "crímenes contra la música" (que, evidentemente, no lo son) mantiene la columna vertebral del grupo —Rubin, Tommy Dunbar, Al Chan— para convertir en "pop puro" lo que, en su mayoría y más o menos puro, ya lo era.


La selección de los temas, temazos, deja claro su buen gusto, tanto por las composiciones en sí mismas como por los arreglos, sobre todo de viento, a los que son sometidas. Seis son de los sesenta, cinco de los setenta y dos de los ochenta, proporción que no parece casual a la hora de conocer y valorar las influencias de los Rubinoos. De las de la primera década destaco la lectura a capela de la extraordinaria Heroes And Villains de los Beach Boys; de las de los setenta, el barniz soul y funk que se da al Pump It Up de Elvis Costello; y, por último, de las de la década de 1980, el aire folk y country, sin dejar de ser pop, que adquiere el Thorn In My Side de Eurythmics. No por ello olvido que por el disco pasan también los Yardbirds (Evil Hearted You), Del Shannon (Hats Off To Larry), Flamin Groovies (Shake Some Action) o Utopia (There Goes My Inspiration), entre otros que animo al lector a descubrir y disfrutar en el caso de que no haya catado Crimes Against Music. Aunque construido sobre una base ajena, un muy buen trabajo.

lunes, 26 de junio de 2017

Red Led Or Death


Lo de Green Manalishi no podía haber caído del cielo. El debut homónimo de aquella banda navarra en 2005 nos dejó a unos cuantos absolutamente noqueados: un disco de rock parido en el norte de España que, tras varias escuchas —la emoción comiendo espacio a la lógica prudencia en cada una de ellas para devorarla desatada a la quinta o sexta audición—, se revelaba a la altura de clásicos como Appetite For Destruction, Secret Treaties o Jailbreak. Parecía un milagro, pero no lo era. Factótum de Green Manalishi, Txetxu Brainloster había militado anteriormente, junto con el genial Firehead y Leroy, en Mermaid, inolvidable trío pamplonica y antecedente objetivo de Green Manalishi que cerraba su carrera en 2003 con un álbum soberbio llamado Red Led Or Death.

Amantes del hard rock de raigambre setentera, aunque también de décadas posteriores, los miembros de Mermaid se muestran contundentes y refinados al mismo tiempo, una banda perfectamente engrasada y en su punto álgido. Silver Bullet y I Rock abren el álbum con una rotundidad y una virulencia que impresionan, rock pesado y lisérgico que a poco que se suba el volumen asalta los sentidos y te deja patidifuso: ¿Black Sabbath?, ¿Grand Funk Railroad?, ¿Kyuss? No, Mermaid. Boots Nights gana en funk sin ceder en potencia, un corte que se mueve entre Lenny Kravitz y Rage Against The Machine y en el que escuchamos por primera vez la trompeta de Ion "Get da Funk". Believe My Diamonds Are Forever But Betrayers —maravilloso título— parece cantada por Ozzy Osbourne y conjuga magistralmente las guitarras eléctricas con las acústicas durante sus cinco minutos de viaje cósmico. Si bien el grupo renegaba de la etiqueta stoner, no es descabellado colocársela a Gravity Goes y emparentar la canción con Queens Of The Stone Age. Woman Making Machine y su tremenda intensidad me hace equiparar a Mermaid con otras bandas que también a finales del siglo XX y principios del XXI —Zen Guerrilla, Tricky Woo, The Cherry Valence…— practicaban un rock de lo más aguerrido que mamaba por igual de Hendrix, MC5 o Deep Purple. Una corta fanfarria nos introduce en Southheaven Girl (Your Smile Is A Wind), hermoso corte atmosférico que deviene hard en su segunda mitad. Ya más o menos distorsionada, sin embargo, la guitarra de Brainloster domina con sus espléndidos arpegios, riffs y punteos el tema. Los casi siete minutos del instrumental Forgiven In The Awakening Of Sand son la prueba definitiva de la grandeza del trío vasco, aquí aumentado a quinteto mediante la guitarra solista de Ion Ulecia y la trompeta del otro Ion, el mentado "Get da Funk", que va a despedir la suite llamando a degüello junto con la batería de Leroy. La ascendencia high energy de la feroz Luchador queda clara en el riff stooge que le guía… hasta la victoria. The Last Giant y su rock duro y psicodélico a media velocidad culminan un trabajo impecable y las andanzas de un grupo modélico.

La foto que acompaña al álbum de los tres integrantes de Mermaid sentados con elepés de Led Zeppelin, Kiss, Thin Lizzy o Guns N' Roses termina de aclarar qué tipo de música se va a encontrar quien se acerque a él, pero no anticipa la exorbitante calidad de su contenido. Muy superior, seguro que para sorpresa de muchos, al de otros discos paridos a la sazón por artistas anglosajones de mucho más renombre y ventas. Aunque esa historia la hemos contado ya en tantas ocasiones que empieza a aburrir, justo lo contrario de lo que pretenden los sonidos registrados para Red Led Or Death. Descúbranlos, escúchenlos.

jueves, 22 de junio de 2017

Revival


No soy experto ni conozco a fondo la obra del trío de Jim Heath —Reverend Horton Heat—, pero sí puedo decir que este Revival de 2004 es un artefacto muy potente del grupo tejano, rockabilly y psychobilly de primer orden que se sobra y se basta con la voz y la guitarra del reverendo del rock, el contrabajo de Jimbo Wallace y las baquetas del gran Scott Churilla (quien dos años después se iría a los Supersuckers) para poner en pie un festival de rock and roll de lo más vivificante e interpretativamente impoluto. Aunque los subgéneros citados sean los que manden en la función, encontramos asimismo aires de western swing en el instrumental The Happy Camper; country en forma de balada (Someone In Heaven); y baladas espectrales de cowboys enamorados (We Belong Forever). El resto, una descarga tras otra de música vintage que el trío convierte en actualidad a base de clase, pasión, convencimiento y —esencial— muy buenas composiciones de su líder. Los nombres de Elvis, Johnny Burnette, Gene Vincent, Cramps, Meteors o Stray Cats —entre otros muchos— pueden venir a la cabeza del oyente, pero no anulan ni restan validez a una propuesta llena de pericia y savoir faire que sacrifica la originalidad en aras del buen gusto probado y pretérito. Una apuesta segura, la de Revival, que les hará mover los pies y pasar un rato la mar de entretenido.

lunes, 19 de junio de 2017

Talk Is Cheap


Las bondades del debut de Keith Richards en solitario (Talk Is Cheap, 1988) no solo nacen de sus cualidades intrínsecas (que son muchas, como ahora detallaremos), sino de la comparación con lo que la banda madre —la banda de las bandas— hace por aquel entonces. Así es. Ni Dirty Work ni Steel Wheels —trabajos que rodean temporalmente al disco de Richards— tienen el delicioso poso de los licores añejos, la riqueza instrumental o las estupendas composiciones, salvo honrosas excepciones, de Talk Is Cheap.

Escrito y producido a dos manos en su totalidad por el guitarrista británico y Steve Jordan —asimismo baterista—, el elepé arranca lleno de funk gracias a Big Enough y el color que le imprimen nada más y nada menos que Bootsy Collins al bajo, Bernie Worrell al órgano y Maceo Parker al saxo alto. Espectacular fusión de talentos a sumar a los de Richards y Jordan, al tema le sigue Take It So Hard, que fuera single de inequívoco deje stone. Struggle nos trae una curiosa mixtura de rock, funk y dub, mientras que I Could Have You Stood Up —ofreciendo un evidente contraste— cruza deliciosamente el doo-wop y el honky tonk y cuenta con el saxo del mítico Bobby Keys. Make No Mistake es una espléndida balada  que huele a soul —especialidad de la casa— cantada por Richards y Sarah Dash. You Don't Move Me utiliza ritmos y cadencias del reggae para colocar los riffs roqueros tan típicos de los Rolling Stones en un corte marcado por los prominentes coros de Richards, Jordan y el bajista Charley Drayton. Si alguien se ha quedado algo adormilado con los sonidos fumetas, How I Wish nos da un chute de adrenalina en el que colabora la ilustre Patti Scialfa. Insiste Rockawhile con el reggae rock mojado en bluegrass, destacando la slide de Waddy Wachtel y el clavicordio eléctrico (clavinet) de Bernie Worrell. Epígono menor pero logrado de Brown Sugar, Whip It Up retoma la alegría de How I Wish y vuelve a contar con Scialfa y Keys. Locked Away es la segunda balada del elepé, tan buena y tierna como la anterior, y en la que escuchamos el acordeón de Stanley "Buckwheat" Dural, que ya había hecho acto de presencia en You Don't Move Me y Rockawhile. Llegamos al final con It Means A Lot, contundente canción dominada por las guitarras de Richards y Wachtel, y undécima de una colección que —por supuesto— no brilla como las que conforman Sticky Fingers o Let It Bleed, pero que, en su variedad y buen gusto, se merienda cualquier cosa hecha por los Stones después de Some Girls. Para mí al menos no hay duda.

jueves, 15 de junio de 2017

The Real Thing


La fusión de diferentes subgéneros del rock —funk, punk, heavy metal, hardcore, hip-hop— dio lugar a una escena la mar de interesante a finales de los años ochenta y principios de los noventa. Red Hot Chili Peppers, Fishbone, Living Colour, Jane's Addiction, Primus o Faith No More son algunos de los grupos más destacados de aquel negociado musical que —por desgracia— supo asimismo de epígonos bochornosos aupados a lo más alto de las listas bajo la etiqueta de nu metal. El último de los nombres citados, el de Faith No More, cató las mieles del éxito a partir de su tercer elepé, The Real Thing, donde la personal propuesta del quinteto se veía reforzada por la entrada de un nuevo cantante: Mike Patton.


Dado a conocer en 1989, el disco se abre con From Out Of Nowhewe, trallazo con el que la banda entra a matar. No se esfuma la intensidad en Epic, que fuera glorioso single cuyo vídeo fue emitido miles de veces por la MTV. En algún lugar entre Black Sabbath y Public Enemy —cual gavilanes de una espada plantada con fuerza y autoridad—, la canción se desarrolla híbrida y poderosa, hasta dar con un final tan épico como su título indica que va perdiéndose para ser sustituido en los últimos segundos por las teclas solitarias de Roddy Bottum. El bajo de Billy Gould y la batería de Mike Bordin nos introducen en Falling To Pieces, fenomenal y explosivo cruce de funk, pop y metal que afirma la riqueza y variedad de los recursos de Faith No More. Surprise! You're Dead! es heavy metal sin ambages dominado por los riffs salvajes y espléndidos de Jim Martin. Zombie Eaters comienza aterciopelada pero a mitad de camino sufre una mutación roquera que la convierte en una nueva canción aunque en su ultimísimo segmento retome la calma.


La segunda cara nace mediante los ocho minutos largos de The Real Thing, que contiene elementos de varios de los temas de la primera, cual fusión particular de la fusión practicada por el grupo. Underwater Love explora premisas estilísticas similares a las de Falling To Pieces, consiguiendo una pieza deliciosa si bien ligeramente inferior. The Morning After está también cocinada con los mismos ingredientes, pero en proporciones diferentes, en especial la mayor presencia del rock pesado que trae la guitarra de Martin. Un instrumental como Woodpecker From Mars pone fin pletórico al álbum —suite marciana, agarrándonos al título del corte— y explica por qué es tan complicado clasificar y glosar a Faith No More y este su The Real Thing. Lo importante, de todos modos, es dejar constancia de la enorme calidad del plástico —incluyamos o no la versión de War Pigs y el Edge Of The World que añade la edición en CD— y la de los que le seguirán antes de la separación… y después, pues el todavía reciente Sol Invictus es realmente bueno.

lunes, 12 de junio de 2017

Aerosmith


Posiblemente no tenga la enjundia de otros debuts de aquel 1973 —los de New York Dolls, Lynyrd Skynyrd o Montrose—, pero el primer y homónimo plástico de Aerosmith posee una frescura rocker y bluesy que hace de su escucha deleite instantáneo. Make It y Somebody son dos piezas de hard que saben a R&B y denotan la influencia de Led Zeppelin, Blue Cheer, Cactus y semejantes e imprescindibles referencias del género. Dream On es la balada por excelencia del grupo de Steven Tyler, muy alejada de esas horteradas que en los ochenta y en los noventa (salvo excepciones aisladas) llevaron a Aerosmith a lo más alto de las listas. One Way Street se va hasta a los siete minutos y sirve para que Tyler se luzca con la armónica y Joe Perry haga lo propio con su guitarra en un tema de inequívoco aire stoniano. Rock and roll de riff clásico y primigenio, Mama Kin fue popularizada a finales de los ochenta gracias a la versión de Guns N' Roses. Write Me A Letter continúa festejando la música de Chuck Berry y haciendo que el oyente con ganas y sin achaques mueva sus caderas, que diría Burning. Blues rock pesado y psicodélico es lo que nos ofrece Movin' Out, justo antes de que la versión del Walkin' The Dog complete el elepé. El quinteto de Boston lleva el tema de Rufus Thomas —igualmente adaptado por los Stones en su debut— a su terreno hard, y lo hace con nota alta redondeando un trabajo muy digno. Toys In The Attic o Rocks mejorarán lo ofrecido en Aerosmith y supondrán la cumbre de la banda, pero los mimbres mostrados en el plástico que hemos comentado ya hablaban de Aerosmith como un grupo a tener muy en cuenta.

jueves, 8 de junio de 2017

Takin' Off


Para describir el hard bop de indisimulada orientación comercial patentado por Blue Note en los sesenta pocos elepés pueden servirnos mejor que el espectacular debut de Herbie Hancock Takin' Off. Registrado por Rudy Van Gelder en su estudio el 28 de mayo de 1962 —un año antes de que Hancock se una al quinteto de Miles Davis—, el disco devendrá uno de los más conocidos de la historia del jazz y ejemplo de elegancia y buen gusto a la hora de improvisar. La habilidad compositiva e interpretativa del pianista será clave para el éxito y el tono del trabajo, si bien la trompeta de otro joven talento como Freddie Hubbard (quien, no obstante su edad, ya ha participado en la grabación de dos obras maestras absolutas: Free Jazz y The Blues And The Abstract Truth), el saxo del maestro Dexter Gordon, el contrabajo de Butch Warren y la batería de Billy Higgins harán posible la tersa musicalidad de los seis cortes a los que nos enfrentamos.


No se cansa uno de escuchar el archifamoso Watermelon Man que inicia la función. Teclas, contrabajo y batería dibujan una figura la mar de sugerente que se convierte en feliz motivo armónico al sumarse los vientos. Una vez desarrollado aquél, llegan los solos (excelentes) de Hubbard, Gordon y Hancock, que florecen sobre una estupenda base rítmica. Destacan en Three Bags Full las baquetas inquietas de Higgins, por encima de las cuales improvisan trompeta, saxo y piano, especialmente inspirado el tercero. Empty Pockets incide en el discurso hard bopper y el orden de las intervenciones solistas, portadoras todas ellas de hermosas melodías, aunque quizá la inventada por Hubbard sea aquí la mejor. A gloria sabe también el flujo de notas que Hubbard y Gordon diseminan a lo largo de The Maze, uno de los momentos más estimulantes del álbum. Driftin' contiene tres ricas y corpóreas improvisaciones de Gordon, Hubbard y Hancock, quienes van a mostrar su lado más tierno en Alone And I, delicada balada donde saxo, piano y trompeta frasean susurrantes hasta completar Takin' Off, magnífico primer paso de una carrera imprescindible, la de Herbie Hancock, ya sea en solitario o como colaborador de tantas y tantas figuras del mundo del jazz.

lunes, 5 de junio de 2017

Diamonds And Pearls


Que el mejor Prince es el de los años ochenta —donde asienta su canon a la vez que estiliza su obra en una serie de grabaciones que tiene su cumbre en el extraordinario y exuberante doble elepé Sign O' The Times— no creo que lo dude ni siquiera el más recalcitrante de sus fans. Sin embargo, dicha afirmación no puede cegarnos u ocultar que después de aquella década el genio de Minneapolis seguiría produciendo música de mucho nivel, como atestigua el sensacional Diamonds And Pearls (1991), el primer disco de los dos en los que Prince se hace acompañar por The New Power Generation.

Las maneras creativas del autor de Parade están a aquellas alturas más que trabajadas; su estilo es inconfundible; ha alcanzado la categoría de sus maestros, sean estos Miles Davis, Jimi Hendrix, Sly Stone o James Brown… Pero Prince aún tiene mucho que decir. Trece temas y sesenta y cinco minutos sirven a nuestro hombre para explayarse partiendo siempre de magníficas composiciones. Funk, techno, rap, soft jazz, cruces de bossa nova y gospel, pop, baladas, etc. son los estilos de los que Prince y su banda se sirven para construir un caleidoscopio sonoro excitante y juguetón del que se extrajeron singles tan exitosos como Diamonds And Pearls, Cream o Get Off, pero que cuenta con joyas del mismo calibre en su interior. El contraste que produce la yuxtaposición de —por ejemplo— Willing And Able y la mencionada Get Off o Jughead y Money Don't Matter 2 Night hablan de la variedad que defiende el álbum, variedad que asimismo alumbra la estructura y desarrollo de cada una de la propias canciones que lo conforman. Llenas éstas de arreglos y adornos instrumentales de primera y gozosa categoría, la totalidad de Diamonds And Pearls se erige como una de las mejores grabaciones (si no la mejor) que Prince hiciera en los noventa, capaz, además, de mirar cara a cara a hitos pretéritos llamados 1999 o Purple Rain. Cosa que tampoco creo niegue ninguno de los ciegos admiradores a quienes se ha aludido en el primer párrafo.